La Biblia no cayó del cielo encuadernada. El proceso mediante el cual veintisiete libros llegaron a constituir el Nuevo Testamento fue gradual, complejo y —para muchos cristianos contemporáneos— sorprendentemente tardío. Durante casi trescientos años, las comunidades cristianas leyeron, copiaron y transmitieron textos sin una lista cerrada. Reconstruir ese proceso ayuda a desmitificar el canon sin restarle autoridad, mostrándolo como lo que fue: el discernimiento paciente de la Iglesia primitiva sobre qué libros portaban la huella apostólica.
El punto de partida obligado es el canon judío. Para el siglo I d.C., el Tanakh —Torá (Ley), Nevi'im (Profetas) y Ketuvim (Escritos)— gozaba de amplia aceptación en el judaísmo palestinense, aunque los límites exactos de los Ketuvim seguían debatiéndose (el Cantar de los Cantares, Ester y Eclesiastés eran controvertidos). La Septuaginta (LXX), la traducción griega del Antiguo Testamento producida en Alejandría entre los siglos III y I a.C., incluía además los libros que hoy llamamos deuterocanónicos: Tobit, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, 1-2 Macabeos y adiciones a Daniel y Ester. Esta diferencia entre el canon hebreo (más breve) y el canon alejandrino (más amplio) sería fuente de disputas entre judíos y cristianos, y más tarde entre protestantes y católicos.
Los primeros cristianos no sintieron urgencia por definir un canon. Leían la Septuaginta como Escritura, conocían tradiciones orales sobre Jesús (el kerygma) y comenzaron a circular cartas apostólicas y evangelios escritos. Hacia mediados del siglo II, Justino Mártir ya habla de "las memorias de los apóstoles" leídas en el culto junto a "los escritos de los profetas". Pero la pluralidad textual era inmensa: circulaban docenas de evangelios, hechos, cartas y apocalipsis. Fue Marción de Sinope (ca. 140 d.C.) quien forzó a la Iglesia a actuar. Marción propuso un canon radicalmente reducido: solo diez cartas de Pablo (sin las pastorales) y una versión editada de Lucas, rechazando por completo el Antiguo Testamento. La Iglesia reaccionó afirmando la unidad de ambos testamentos y la necesidad de criterios para discernir la autenticidad apostólica.
El primer testimonio de una lista completa del Nuevo Testamento que coincide exactamente con los veintisiete libros actuales aparece en la Carta Pascual de Atanasio de Alejandría, fechada en el 367 d.C. Atanasio enumera los libros "canonizados, transmitidos y creídos como divinos" y añade una distinción importante: existen otros libros —como la Didaché o el Pastor de Hermas— que son edificantes pero no canónicos. Esta carta no fue una imposición arbitraria de un obispo, sino el reflejo de un consenso que ya se había consolidado en amplias regiones del imperio. Poco después, los concilios regionales de Hipona (393 d.C.) y Cartago (397 d.C.) ratificaron la misma lista de veintisiete libros en el norte de África, bajo la influencia de Agustín.
Los criterios que guiaron este proceso fueron esencialmente tres: apostolicidad (¿fue escrito por un apóstol o por alguien estrechamente vinculado a ellos?), ortodoxia (¿concuerda su contenido con la regula fidei, la regla de fe recibida?) y catolicidad (¿ha sido reconocido y usado ampliamente por las iglesias?). Nótese que la inspiración divina se presuponía de los textos que cumplían estos criterios, no al revés: los libros no se añadieron al canon porque se consideraran inspirados; se consideraron inspirados porque la Iglesia, en su vida litúrgica, había reconocido en ellos la voz del Espíritu.
El canon no fue, pues, una imposición del poder eclesiástico sobre textos inocentes, como a veces sugiere la crítica popular (el "Código Da Vinci" o similares). Fue, más bien, un largo proceso de recepción litúrgica, discernimiento teológico y consenso comunitario. Los veintisiete libros del Nuevo Testamento sobrevivieron no porque un concilio los decretara, sino porque las comunidades cristianas dispersas por el Mediterráneo —desde Alejandría hasta Roma, desde Antioquía hasta Cartago— los reconocieron como portadores auténticos del testimonio apostólico. Como afirmó Orígenes en el siglo III: la Iglesia tiene "la verdadera palabra de la enseñanza apostólica", y el canon es, sencillamente, el registro escrito de esa palabra viva.